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Educación y tecnología

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Debo deciros que no soy maestro, aunque estudié magisterio y pedagogía en la Escuela Universitaria Luis Vives de Salamanca, porque nunca he ejercido el magisterio, más allá de las prácticas. Aunque lleve ya más de 10 años dando formación a empresas y 7 años en Escuelas de Negocios, no soy maestro. Ni yo ni nadie que ejerza de profesor en cualquier escuela de negocio, y no en un colegio o instituto, tenga el “prestigio” que tenga y se venda como quiera venderse. Lo que sé de nuevas tecnologías es por mi trabajo y por el desarrollo experiencial que eso me da, pero no soy ni mucho menos experto en cómo aplicar la tecnología a la educación, a pesar de que llevo muchos años trabajando con plataformas online de distintos sectores, entre ellos la formación, no tengo ni idea como para saber qué puedo o no hacer pedagógicamente hablando, pero ni yo ni cualquier profesor de escuela de negocio que no se dedique a la educación y a la pedagogía aparte.

¿Por qué escribo este artículo? Porque me apasiona la pedagogía y la educación y estuve estudiando durante mucho tiempo en mi doctorado la educación en los nuevos entornos. Lo escribo como respuesta a una ola muy precipitada de cambios tecnológicos en la educación tradicional que es calificada por algunos de “miserable”. No entiendo qué intereses puede haber detrás de este ataque a una de las cosas más bellas de la vida de un niño o un adolescente. No se trata de negar que la tecnología, se manifieste como se manifieste (en un smartphone, en una tablet o en un reloj), deba ser querida y adaptada pero ni mucho menos debe convertirse en un monstruo que acabe con lo demás.

Mi gran amigo, compañero de carrera en Humanidades y profesor de instituto, Alberto Cuesta, me recuerda a Lewis Mumford cuando escribe en 1967 quizás uno de los libros más importantes de la historia de la técnica que se hayan publicado jamás, El mito de la máquina y el Pentágono del poder, aunque sí es cierto que hasta 2010 no llega a España, lo cual da buena cuenta de la calidad educativa tecno-científica de nuestro país (está editada por la editorial Pepitas de calabaza, cuyo lema es “una editorial con muchas luces pero con menos proyección que un cinexín”, lo cual muestra también la situación de estrechez de recursos con la que las instituciones públicas premian a editores y traductores que nos proporcionan una de las obras más granadas del pensamiento filosófico y científico del siglo XX).

Mumford aporta numerosas pruebas de que nuestra visión de la prehistoria está lastrada por numerosos prejuicios derivados de nuestro tiempo, cuya evolución tecnológica se ha disparado exponencialmente en los últimos dos siglos, y aún más en los últimos cincuenta años. Así hemos hipertrofiado el papel del desarrollo técnico en la evolución de los homínidos, centrándonos en la visión del Homo faber, en detrimento de otras destrezas y aprendizajes, tanto o más decisivos en la formación de nuestra humanidad.

No nos creamos más civilizados: ahí están los actuales náufragos de la megamáquina, como en las primeras civilizaciones de ésta (Egipto, Mesopotamia) en la que el conocimiento venía directamente de los dioses y no podía ser discutido. Lo mismo sucede hoy con conceptos de la intrincada e irreal economía financiera y tecnológicos, que dicen sólo comprender ellos y que parecen ser salidos de la “mano invisible de un Dios”, de una megamáquina a la que estamos subordinados, para justificar el socorrido “es la única opción”. Los centenares de miles de años de supervivencia de las gentes sin apenas recursos de la Edad de Piedra contrastan con una sociedad hipertecnológica que destruye apresuradamente la naturaleza y que amenaza con destruirse a sí misma cualquier día. El apocalipsis es hoy algo cotidiano, como el telediario o la quiniela.

Ahora a toda esta información hay que añadir la pregunta-respuesta que muchos hacen: entonces, ¿prefieres educar como educaron a nuestros abuelos y bisabuelos? Para ello tengo dos respuestas posibles: la primera, es qué problema existe al respecto, no conozco a ninguna persona que tenga más cultura y educación que esa misma persona con mismo perfil y posibilidades en generaciones anteriores, la segunda, es por qué blanco o negro, es más, entiendo que la tecnología puede ser una herramienta de gran utilidad pero es eso, una herramienta más, igual que teníamos un lapicero, luego un portaminas y después un bolígrafo, y eso no ha hecho desaparecer nada que sea útil para expresarnos de mil formas distintas. Por esta regla de tres, Julio Cortázar en vez de escribir una de las mejores obras del realismo mágico del siglo XX, “Rayuela”, hubiera escrito la mejor obra de la historia jamás contada si lo hubiera hecho en una tablet, lo digo porque gran parte de ella la escribió en servilletas de papel de un bar.

Ítalo Calvino escribe un libro llamado “El Barón Rampante”, donde el protagonista ve la historia pasar porque se sube a un árbol y no quiere participar en ella. Si generamos una sociedad basada en una pantalla, veremos la vida pasar y perjudicará gravemente a la creatividad. No se trata de utilización de unas herramientas u otras, se trata de generar ansia por la creatividad, de eso debe preocuparse la docencia, de generar ese ansia, esa inquietud. Luego llámalo innovación, startup,  emprendimiento, o como quieras llamarlo. Hay que dejar que los niños sean libres para conseguir esa creatividad y demostrado está que es muy importante enseñar a que alimenten su cerebro. Si se crea un debate o crean un debate sobre si en Finlandia van a dejar de utilizar la escritura a mano, es un problema que ellos tienen, pero porque sea Finlandia no quiere decir que sean mejores generando creatividad, no conozco a ningún Velázquez, Cervantes, Murillo o Manuel de Falla finlandés, que seguro que los hay (no lo discuto) pero lo que sí conozco son empresas finlandesas y alemanas que se matan por ingenieros españoles.

Decir que un lápiz debe ser sustituido por el teclado es como decir que un Stradivarius puede ser sustituido por un teclado MIDI. Supongo que a Gustavo Dudamel esta idea le parecería una verdadera locura después de lo que ha creado en Venezuela junto a su maestro. Steve Jobs, en su discurso en Standford, habla de cómo sus clases de caligrafía fueron clave en el diseño de las letras de su sistema operativo y del Mac. Algunos que seguramente lo idolatran quieren destruir esta idea llamando a esa educación que utiliza herramientas clásicas “miserable”. Como afirmaba Picasso en Lascaux, “no hemos aprendido nada“. Tal vez, a falta de educación artística y humanística, nos suceda como al personaje de la Canción del comerciante de Bertolt Brecht:

¡Yo qué sé lo que es un hombre!

¡Yo qué sé quién lo sabrá!

Yo no sé lo qué es un hombre,

No sé más que su precio.

Sergio SánchezPost escrito por Sergio Sánchez, MBA por la Escuela Europea de Negocios, profesor y consultor de estrategia.

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